Quiénes somos


¡Hola! Somos Vicente, David, Diego y Yolanda. Oriundos de España, de Alicante y Sevilla. Por razones laborales, nos trasladamos a México en septiembre de 2008. Vivimos en Ciudad de México desde entonces y no hemos parado de viajar por todo el país.

 

Cuando nos ofrecieron venirnos a México pensamos en las infinitas posibilidades de viajes al otro lado del Océano, sin saber que nos enamoraríamos irremediablementemente de este país, al grado de organizar casi todos nuestros viajes dentro de sus fronteras, para conocerlo y reconocerlo.

 

Esta página no pretende ser una guía de viajes. Ya hay muchísimos blogs sobre ello y muy buenos, con espectaculares fotografías de todos los lugares del planeta. No, mi reto personal es llegar a transmitir nuestras aventuras viajeras a través de mis relatos. Espero conseguirlo en cierta forma.

 

Y fiel a esta idea, qué mejor explica  quiénes somos  que las imágenes y las reflexiones … ¡Ahí van!

el justo nombre

A mi hermana la llamaron de primer nombre Begoña, y de segundo como a mi abuela. Siempre dos nombres, como se hacía en aquellos tiempos. El primer nombre al gusto de los padres. El segundo, como el de la madre o padre, abuela/o, tía/o o bisabuela/o. Mi hermana siempre sufrió con su segundo nombre. Le gustaba tan poco que atrajo toda suerte de burlas a lo largo de toda su vida estudiantil, hasta que cumplió los 18 años. Un buen día, sin decir nada a nadie, se fue al registro donde estaba su acta de nacimiento, y se lo quitó. No nos enteramos hasta que llegó a casa con su carnet de identidad nuevo, en mano, mostrando radiante su único nombre. Quedamos en no decirle nunca nada a la abuela en cuestión. Secretos de familia.

 

Yo he tenido muchos nombres a lo largo de mi vida sin quedarme con ninguno mucho tiempo. Mis padres me pusieron Yolanda, porque les gustaba, y Elvira, porque así se llama mi madre y se llamó mi bisabuela. Mis amigas siempre me han llamado Yoli, que aunque no me gusta mucho como es de cariño, les dejo. A mi me gustaba Cristina de pequeña, y así hacía que me llamaran mis compañeras de juego. Ahora que vivo en México me convertí de repente, y sin tener consciencia de ello, en Yola. Y, sorprendentemente, me gusta. No falta quien me dice Yolita, también de cariño, pero ese sí que no lo trago y les digo. Acabo de hablar a una amiga por teléfono y me contestó su marido, al que no conozco. Muy amigablemente, me dijo: “Yola, ahorita no se puede poner porque estamos en medio de una plática. Te puede llamar ella luego?”. Me gustó. ¿Será que encontré mi nombre?. De repente, y después de tantos años, comprendí el profundo significado del acto de mi hermana.

vicente

Conocí a mi marido un día de verano en un pequeño pueblo de Alicante. No teníamos nada en común, más que una amiga, por eso seguramente nos atrajimos. No hablamos nada esa primera vez, pero nos miramos mucho, de reojo. La segunda vez que nos vimos fue en la fiesta de la amiga común. De noche. En la playa. Cuando todos los gatos son pardos y consigues dejar la timidez de lado. Me enamoré de su plática, de su estatura, de sus bonitos ojos. Y se fue a Paris a estudiar. La siguiente vez que lo vi llevaba pelo largo rizado, barba y estaba más delgado que el palo de una escoba. Pero el hechizo ya había hecho efecto.

Al año siguiente yo también me fuí a Paris, a vivir con una familia parisina como fille au pair ... pero ésa es otra historia.

sevilla, como en casa

Después de vivir en Paris durante unos pocos años y antes de mudarnos a México, vivimos en Sevilla. No era nuestra ciudad de nacimiento, ni nuestra comunidad autónoma, ni nuestras costumbres, ni siquiera nuestra cultura. Pero era una ciudad pequeña, espontánea, de mucho sol, muchos amigos y reuniones fuera de casa alrededor de una cerveza, unos cacahuetes, unas gambitas o unos caracoles. Ya no éramos estudiantes extranjeros como en Paris, aunque estudiáramos. Ya no teníamos que tramitar el permiso de residencia, aunque no fuéramos andaluces. Ya estábamos integrados desde antes de mudarnos allí. Esos años en Sevilla pasaron como en un suspiro.

 

En esta increíble comunidad llena de parques naturales y en esta ciudad de cuento de las mil y una noches, llena de tradiciones, ocurrieron dos increíbles acontecimientos que cambiaron nuestras vidas para siempre: el nacimiento de David, nuestro hijo mayor, y el nacimiento de Diego, el menor.

méxico, de 30 metros a 200

Diez años más tarde llegábamos a Ciudad de México, con dos maletas enormes y dos niños chiquitos, de 3 y un año y medio. Como pensábamos que ya no nos tocaría vivir en otros países nunca más, aterrizamos en el DF contentos por viajar de nuevo y enseñarles a nuestros hijos otras formas de vida.

 

Esta vez, se invirtieron los términos y nos parecíamos más a aquella elegante familia española, que habíamos conocido en Paris y se mudaba a conveniencia de la aerolínea española para la que trabajaban, que a los estudiantes parisinos que éramos en aquel entonces. Pasamos de un estudio de 30 metros, a un departamento de 200 metros cuadrados, en cuya recámara principal cabía todo el estudio parisino. La primera noche nos echamos a reír y rememoramos aquellos tiempos en Paris. Mientras, la música de Paul Desmond, procedente de la Legión Americana, nos llegaba a través de la ventana. Bienvenidos a esta ciudad de mezclas, parecía decirnos.