Una casa y algo más


Teresa


Sí, el vestido negro”, le dice Teresa a su marido por teléfono. “¿Cómo?” … Teresa, mi amiga y compañera de casa en Malinalco, durante dos semanas, intenta encargarle un vestido a su marido, que vendrá a visitarnos el fin de semana.


“Luis, por favor, ¿no te acuerdas del vestido negro con rayas que me compraste TÚ – enfatiza- en Oaxaca la última vez que fuimos?”. Teresa tapa el auricular con una mano y poniendo los ojos en blanco me explica, “dice que una cosa es comprar y la otra sólo poner el dinero”.


Yo, desde mi rincón me echo a reír y le grito: “¡Hasta yo se cuál es!”.


¿Escuchaste eso? -le pregunta a Luis- dice Yolanda que hasta ella se acuerda del vestido …”

Bueno, Ok – la oigo que termina- tráeme el gris que estás viendo en este momento en el closet”. Y cuelga con el ceño fruncido.

“¡Hombres!”, me dice.

“¿Y por qué no le dices que traiga el que él quiera?”, le pregunto sin pensarlo demasiado …


Mirándome a los ojos me contesta rápida: “¡Ni loca!” Y nos echamos a reír … cómplices de una regla no escrita sobre los maridos.

Marta y Olivia

 

Marta y Olivia me siguen a todas partes, como si yo fuera la dueña de la casa. Apenas acaban de conocerme, pero su instinto debe decirles quién mandará en la casa a partir del momento en que Marco, el verdadero dueño, se tenga que ir a trabajar a Querétaro y nos deje la casita por un tiempo.

 

Curiosamente, también le hacen caso a Diego, quien a sus 5 años ya ha aprendido a dar órdenes y espera, por demás, que sean obedecidas. Su grito autoritario de “¡Vámonos chicas!”, ya es bastante conocido entre mis amigos malinalcas, que primero entre risas y luego admirativamente, comentan: “Tiene talento, el chiquito”, pues ahí van Marta y Olivia siguiéndole.

 

Olivia cuenta con apenas un añito de vida. Es grande y come demasiado. Viene, va, brinca, juega y, como todo cachorro, su pasatiempo favorito es cazar la sombra de las mariposas que se proyecta en el suelo.

Marta debe de ser más mayor, porque mientras Olivia se dedica a cazar sombras, ella se tumba al solecito, como hacemos todos los viejitos, siguiendo con los ojos los vaivenes de la que le ha tocado ser su compañera. Es buena corredora, pero no cazadora, a pesar de que en una época de su vida fue callejera. La encontraron los hijos de Marco medio muerta, cerca de la casa y cuentan que no tuvieron corazón para abandonarla a su suerte.

Se les ve felices, aunque ansiosas ante la perspectiva de una nueva dueña. Y eso que no saben que sólo será por dos semanas. Mientras tanto, en cuanto salgo al jardín se me pegan cual lapas para comenzar nuestra caminata diaria. No se quién disfruta más este momento del día, este paseo, si ellas o yo. Nos internamos en la montaña como si de allí fuéramos. No siento miedo, y menos con ellas a mi lado. Saludo a campesinos, pastores de ovejas, vacas y caballos, y dueños de otros perros que también se animan a adentrarse en ese oasis de oxígeno. Perras fieles, me siguen en todo momento y no me dejan sola. A un solo grito ya corren a mi vera, como si de su dueña se tratara, y yo se lo agradezco enormemente, pues el que nunca tuvo perros en su casa, no sabe de mañas, ni de tretas para retenerlas o devolverlas a la casa.

Marco


Juliet no presta atención a estas cosas y la lavadora se pasa horas llenándose de agua. Pero te aconsejo que hagas como yo. Además, en esta época suele llover todas las tardes y si no apremias a la lavadora, no se te secarán las cosas”, me explica Marco, mientras va llenando la lavadora con cubetas de agua que saca del tinaco. Nos presta la casa, nos dice, a condición de que cuidemos de las perras. Mientras tanto, él tiene que trabajar en Querétaro, y su mujer, inglesa, y sus dos hijos, están de vacaciones de verano en Inglaterra, con la familia.


Lo de la lavadora tiene su intríngulis. En realidad el único defecto, a priori, es que la entrada de agua es un ridículo chorrito. Así que me pongo a llenar cubetas desde el tinaco que se encuentra a mis espaldas y haciendo cabriolas para no mojar a Olivia que está por en medio.


De pronto, a mitad de la decimosexta cubeta, o así me lo parece, cambia de programa y se pone en marcha, de modo que cierro la puerta y me la quedo mirando. “Ahí va mi ropa y como no la laves bien o no la escurras, te las verás conmigo” … y será por el tono de voz, pero me hace caso.


Marco es profesor de la Universidad de Lengua y Literatura de Querétaro. Antes trabajaba en la Universidad en Malinalco (en una extensión de la UNAM), pero eso se acabó y buscando buscando, encontró este trabajo a 5 horas en coche de Malinalco. Ahora, esta familia, se encuentra  en el entresijo de comenzar de nuevo en otra ciudad de México o volver a Inglaterra, como tantas otras parejas mixtas o de expatriados que hemos ido conociendo en nuestro particular periplo mexicano.


Marco, además de profesor es escritor. Escribe sobre filosofía y ha ganado algún que otro premio, pero lo que más le gusta, dice, es la poesía.


Aunque su pasatiempo favorito, por no decir obsesión, al que dedicamos mucha más atención cuando ya nos quedamos Teresa y yo solas en la casa, es el cine. Cientos de películas de todos los estilos y todos los años, guardadas en una enorme cesta de mimbre. En ella escarbamos todas las noches, agradeciéndole a Marco y familia, su pasión por el séptimo arte.


A Marco le conocimos por e-mail. A través de una amiga supimos que nos prestaría la casa y comenzamos nuestra amistad a través de este medio. Desprendido, como pocos, ya en su primer mensaje nos invitó a quedarnos con él, puesto que íbamos a coincidir en Malinalco el primer fin de semana: “ojalá hayas leído este correo y me digas qué piensan de la idea de alojarse acá desde el momento que gusten sin considerar nuestras presencias mutuamente excluyentes en el mundo o en las casas”.  Y nos pareció una linda invitación que no pudimos declinar …

La casa


Siguiendo las instrucciones de Marco, llegamos a un portón grande de madera, con techo de palma y un pequeño plato pintado a mano, con el número 7, a un lado del portón. Luego, además, supimos que ese plato lo había pintado una de las grandes artistas de Malinalco. “¡Wow!”-nos decimos. ¿Será en verdad ésta la casa?. No nos esperábamos nada de lujo. Pero … cuando abrimos el portón, nos encontramos con un jardín asilvestrado y una sencilla casita al fondo, pintada de rojo, tal y como habíamos previsto.

 

Nos adentramos en el jardín al tiempo que vemos a Marco saliendo de la casa, para darnos la bienvenida. Las perras hace rato ya que nos saludaron y ahora están jugando con los niños.

 

Es una casa sin grandes pretensiones, pero práctica. Una cocina-comedor, un baño, tres recámaras (una de ellas reconvertida en estudio) y un saloncito conforman toda la casa. Todo ello unido por un vestíbulo grande, donde se suceden varias estanterías repletas de libros, entre ellos -lo sabremos más tarde- los libros escritos por Marco.

 

Nuestras maletas y bolsas vienen a sumarse al caos de cajas que Marco va apilando en el suelo, para llevárselas con él a Querétaro, el domingo por la tarde.

 

Marco nos cuenta mientras tanto que no ha visto alacranes en la casa desde que vinieron a vivir a ella. Este comentario me tranquiliza enormemente porque la casa está llena de cosas: libros, ropa, cobijas, edredones, juguetes de sus hijos, cajas, estantes, vasijas de barro, maletas antiguas … En suma, montones de escondrijos para los bichos.

 

De lo que sí tenéis que cuidaros es de las viudas negras, pero no en la casa –se apresura a decir al ver mi mirada aterrada- sino en el jardín”. Volteamos todos al tiempo para ver a los niños jugando con las perras en el jardín. Vicente y yo tragamos saliva con esfuerzo y nuestra mirada cómplice parece decir: “Está bien. Eso ya es terreno de los ángeles de la guarda, no nuestro”. Y seguimos con la vida …

 

En la pared del rincón-comedor hay colgado un pizarrón blanco enorme, con varios teléfonos anotados en él. Leo “bomba de agua”, “gas”, “casero”. Al verme leyendo el listado de números, se acerca Marco y me dice:  “Ah, por cierto, me dejó Juliet el número de teléfono de María, una muchacha que puede venir a limpiar los miércoles”.No se fía de mi y me dijo que, conociéndome, mejor la llamara algún día antes de que ustedes vinieran. -Y continúa en tono medio de pena, medio de rebeldía, que hace que me lo quede mirando intrigada- es que yo, la verdad, no me entero de si está sucio o no”. El comentario está de más, pues nos queda claro, viendo cómo corren las bolas de polvo por la casa. Cada vez que alguien abre o cierra una puerta, el movimiento en el suelo se sucede como en una plaza de pueblo del desierto mexicano a la hora de la siesta.

 

El lunes, después de marcharse cada cual a sus obligaciones, y ponerse Teresa a trabajar en un artículo de su diplomado, me arremango y, mirando al suelo, exclamo:“Ooooookkkkk” “¡A ver, todo el mundo fuera! ¡Salamandras, arañas, alacranes … ya se pueden ir todos buscando otra casa!”. Al final, resultó que el piso era de color blanco, para sorpresa nuestra. Y con gran alivio por mi parte, no me topé con ningún alacrán.

 

Ubicada en el sur del Barrio de Santa María, la casa se encuentra a un paso de un camino de terracería sobre el que nos ponemos en marcha, Olivia, Marta, Teresa y yo. Recorremos un kilómetro más o menos de campos de cultivo, para llegar a una pradera, y de ahí por fin la montaña y el río. Los colores son tan nítidos que te dejan sin palabras, y es que es temporada de lluvias …