Real de Catorce



Llegar a Real de Minas de Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Guadalupe de los Álamos de Catorce, como se le llamó en sus inicios, es pasar por el túnel del tiempo y trasladarte al siglo XIX de un plumazo. Literalmente, porque el principal acceso al pueblo, es un túnel de 2,300 metros de longitud, llamado Ogarrio e inaugurado en 1901. De dirección única, dependiendo de la fila de coches en un extremo u otro, van dando paso dos empleados provistos con walkie talkies, cada cual en su lado opuesto.

 

Esperar nuestro turno de entrada formándonos en la cola de coches, nos llena de expectativas sobre esta nueva aventura que organizamos una vez más con nuestros “amigos para viajes”: Héctor, Liliana, Tavo e Isabella. Ellos llegaron en su coche desde el DF. Nosotros, más comodones, volamos a San Luis Potosí y de ahí en carro rentado hasta este mítico y mágico (desde el año 2001) pueblo.

 

Por fin nos toca entrar. Logramos cruzar a vuelta de rueda y la noche nos da la bienvenida a un Real de Catorce pobremente iluminado y lleno de coches y gente. Casi inmediatamente un joven catorceño nos socorre del caos y, entre callecitas y pasos estrechos, nos va guiando hasta nuestro hotel.

 

Reservamos El Hotel El Real porque se encuentra en una calle alejada del tumulto, aunque suficientemente cerca del centro social y económico de esta población, la Plaza Hidalgo. Dejamos los coches estacionados en otra calle más arriba en una imposible pendiente que me hace poner piedras en todas las ruedas, temerosa de que en algún momento el coche decida rodar solo. Ya instalados en nuestras cómodas habitaciones de este pequeño y familiar hotel, hacemos nuestra primera incursión en el pueblo buscando con qué llenar la panza. Rápidamente nos topamos, en la misma plaza Hidalgo, con el restaurante El Cactus, mezcla de comida italiana casera y mexicana, con productos tanto importados como de la tierra. Nos obsequiamos con pizzas y ensaladas y nos deleitamos por primera y no única vez, con cabuches, capullos del cactus biznaga que nos recuerdan, por su sabor, a los corazones de alcachofa.

 

Al día siguiente, rastreamos el pueblo, ansiosos de descubrimientos y aventuras; la Casa de la Moneda, la Parroquia de la Purísima Concepción, el Museo Parroquial, el Palenque de gallos, la Capilla del Descanso, y los Panteones. Al regreso de nuestra caminata, por la calle Zaragoza, aprieta el hambre y el cansancio, por lo que nos paramos en un barecito y nos aposentamos en la terraza de atrás. De puras quesadillas y cervezas bien frías nos alimentamos. Lo que hay, la verdad. Pero con ese calor, nada se antoja más.

 

De regreso al hotel concertamos paseos a caballo al Pueblo Fantasma para el día siguiente. Esta vez, a Lily le gusta el paseo (quizás el no tener una caída de más de 1.800 metros a un lado, como sucedió en el cañón del Cobre, ayuda). Arriba del túnel Ogarrio y pasando por la mina de Concepción, se encuentran las ruinas de lo que antaño fue el lugar destinado para el material que utilizaba la compañía minera: calderas, molinos, herramientas, etc. Nuestro guía, un catorceño que vive en una Hacienda a más de cuatro horas a caballo del pueblo, nos cuenta que en estas ruinas pernocta cuando viene a Real de Catorce a trabajar de guía, junto con sus primos, hermanos y cuñados, varones todos ellos, que también tienen caballos y trabajan en lo mismo. Nos entristece que hoy en día, todavía se siga teniendo que dormir a la intemperie por razones económicas, pero al mismo tiempo nos maravilla la capacidad del ser humano para la sencillez. Capacidad que ya hemos perdido la mayoría.

 

Por la tarde, descansamos y preparamos el día siguiente. Vicente, Héctor y los niños saldrán muy temprano para el Cerro del Quemado, de 1,800 metros de altura. Montaña sagrada para los huicholes, la visitan dos veces al año, atravesando cientos de kilómetros desde sus hogares. En la cima se puede ver el centro ceremonial, formado por círculos concéntricos hechos con piedras. El paisaje de la sierra, desde allí, es sobrecogedor y nos cuentan, a su vuelta, que verdaderamente se siente mucha energía.

 

Después, en la tarde, la gran aventura nos espera: un paseo en un jeep Willys, de los años 50, hasta Estación Catorce, bordeando la montaña con sumo cuidado para no caer por el precipicio, y de ahí al desierto, para ver el famoso peyote.

 

Nos sorprende la fila de willys con la que de repente nos topamos, parados en el camino. Están arreglando la carretera y como no hay espacio para dar la vuelta, no queda otra que esperar. Todos somos turistas, por supuesto. Unos se bajan de sus transportes, otros no … Los niños van y vienen avisándonos de cuánto acontece en el camino. Ayudamos, incluso, cargando piedras, para agilizar la marcha. Tenemos un pequeño accidente con un nopal que se cuela en el jeep y nos tiene en vilo durante todo el trayecto. Sólo los chicles que llevamos logran sacar las espinas que nos atormentan. Por fin reanudamos camino. Otra parada. El jeep de delante se queda sin gasolina y nuestro chófer le vende medio tanque del nuestro. ¿Será apropiado?. Entre la polvareda del camino, el paisaje agreste de la montaña, el lento caminar que sólo un jeep con tracción a las cuatro ruedas puede llevar a cabo por este sendero y el calor, nos transporta al Real de Catorce de finales de siglo XVIII, cuando se fundó: de minas y mineros, inaccesible, sin agua, sin caminos y sin autoridades. Sólo la fiebre de la plata consiguió unir en aquellas condiciones completamente desfavorables a todo tipo de aventureros.

 

Llegamos a Estación Catorce y tomamos rumbo al desierto. Personalmente, tengo mucha curiosidad por ver el famoso peyote. Nos cuentan que posee un alcaloide llamado mescalina, que actúa como un poderoso alucinógeno. Por fin llegamos al desierto y paramos. Sólo se ven arbustos y matorrales espinosos. Nuestro chófer y guía nos dice que para verlos hay que adentrarse en el desierto. Ahí vamos. De repente vemos unas “manchas” de pequeñísimos cactus, de unos 5 cm de altura, de color verde grisáceo. Ese es. Endémico del desierto mexicano y utilizado por los indígenas en sus ceremonias espirituales. De nuevo, el guía nos explica que se mastican los gajos, pero que está muy amargo. ¿Lo ha probado?. Nomás un poquito, nos dice. Nos fijamos más y efectivamente, está compuesto por gajos en forma de botón. ¡Sorprendente! Una planta tan pequeñita y que requiere más de 15 años para alcanzar la madurez … y tan poderosa, según la gente que cuenta sus experiencias.

 

Los pueblos que lo emplean ancestralmente con fines rituales, como los tarahumaras, tepehuanis, huicholes y varias tribus estadounidenses, consideran que los hace entrar en contacto con fuentes divinas. Y no son los únicos. Por los relatos de la gente que lo ha probado alguna vez, el peyote te hace sentir parte del universo.

 

Allí, tan lejos de nuestra vida diaria, todo parece irreal. Aquél que haya estado en un desierto, sabe de lo que estoy hablando. Los colores son diferentes. Hay como una neblina que hace que el paisaje parezca un cuadro de luces. Todo tan real y tan irreal al mismo tiempo. Creo que la palabra que estoy buscando es “inmensidad”. Te sientes como una pequeñísima parte de este mundo. Quizás no haga falta probar el peyote después de todo …

 

El regreso es duro, como en las diligencias de los westerns americanos huyendo de la tribu de los Siux. Deshacemos el camino de vuelta al pueblo. Los varones adultos y niños mayores van en el techo del auto, mientras que mujeres y niños más pequeños, dentro del jeep. Se hace de noche y estamos cansados. De repente hay un gran hoyo que nos tiene con el “ay” en la boca. Sólo con la mirada Lily y yo nos comunicamos: el precipicio. “Sujétense bien”, les gritamos a los de arriba. Pero somos de otra época. Fuertes, aguerridas y sufridas.

 

Llenos de polvo llegamos al hotel, a reposar nuestros entumecidos cuerpos. Los niños no caben en sí de gozo por la experiencia. Al ver las fotos, realmente parecemos de otra época. Esa es la magia de este pueblo.

 

Al día siguiente, nos sorprende una procesión con motivo de la celebración de la Revolución, en la que todo el pueblo está involucrado. Todos los niños y jóvenes de primarias y secundarias salen en ella. Así mismo, todos los que tienen un caballo deben unirse al festejo. Nos encontramos con nuestro guía al Pueblo Fantasma y su familia. En un aparte, nos vende una crema de peyote que cura golpes fuertes y dolores musculares. ¡Así que sirve para todo esta plantita!.

 

Comemos y partimos ya hacia nuestras vidas “reales”. Con la promesa de pasar una semana, próximamente, en la Hacienda de nuestro guía, y con la maleta llena de botes de cabuche y piedras con plata, nos despedimos del pueblo de San Francisco de Asís (Panchito, para sus fieles devotos). Vinimos buscando aventuras y fueron bien servidas.